Entre los aspectos particulares y específicos, se tendrá especialmente en cuenta la llegada de la imprenta al Nuevo Mundo: desde la primera, instalada en México (1535), con la autorización del obispo Juan de Zumárraga, a la de Perú (1582) o a la de Cuba, que llegó muy tarde. No menos relevante para la difusión de la cultura grecolatina y humanística fue la prohibición de entrada de libros extranjeros y, en general, de cualquier tipo de literatura que fuese sospechosa de herejía, lo que sin duda fomentó un clima cultural atrasado, mimético y uniforme, pues la única influencia literaria que recibían las colonias era, precisamente, la clásica (grecolatina) y la española. Por ello, a esta época se le ha denominado la época de la “imaginación colonizada”; la censura prohibía por razones imaginables El Decameron, de Boccaccio, o las novelas picarescas.

Además de la narrativa y la historia, la corriente poética culta llega a Hispanoamérica en sus dos vertientes: la italiana y la latinizante. Si la corriente popular se difunde en el Nuevo Mundo a través de cronistas, soldados o conquistadores, la corriente culta llega con la emigración a suelo americano de letrados como Juan de la Cueva o Hernán González de Eslava. La poesía petrarquista e italianizante, aclimatada en España por Juan Boscán y llevada a su cima por Garcilaso de la Vega, tuvo una vida intensa en suelo hispanoamericano, gracias a su introducción por Gutierre de Cetina. Asimismo, como señala José Manuel Blecua, una serie de petrarquistas contemporáneos de Gutierre de Cetina pasaron al Nuevo Mundo como Lázaro Bejarano, Juan Iranzo y Laso de la Vega. Concretamente en el Perú se establecieron, entre otros, Enrique Garcés, Juan Bautista Cervera o Luis de Belmonte Bermúdez.

Para el cultivo de la poesía culta en América, y del resto de géneros literarios, fue asimismo fundamental la labor de los traductores, glosadores, exégetas y divulgadores en general. Diego Mexía de Fernangil, por ejemplo, traduce Las heroidas de Ovidio lo que le convierte en uno de los mayores difusores del poeta latino en el Perú: hasta los actuales editores de Ovidio tienen presentes las traducciones de Mexía. Lo mismo ocurre con el portugués Enrique Garcés, cuyas versiones de Petrarca (1591) afianzan tanto en el Perú como en España la influencia italiana. Por otra parte, los escritores que llegaron a América no sólo redactaron obras originales, sino también llevaron a cabo compilaciones y recopilaciones, que constituyeron los primeros corpus poéticos. Destacan, por ejemplo, los florilegios Túmulo imperial, compilación realizada en 1560 por Francisco Cervantes de Salazar; Flores de varia poesía, de 1577, cuyo autor es anónimo y Silva de poesía, compilación realizada entre 1585 y 1595 por el madrileño Eugenio Salazar de Alarcón.

Para abordar estas cuestiones y otras afines y contiguas, contaremos con las presencia de especialistas, entre otros, de historia de la literatura colonial, historia del libro en América, las tradiciones filosófica y teológica, la legislación de Indias y sus fuentes, mitología y antropología postcolombinas.

Trinidad Barrera (US)
Ángel Delgado (University of Notre Dame)
Judith Farré (CSIC)
Teodosio Fernández (UAM)
Juan Gil (US-RAE)
Jacques Joset (Université de Liège)
Esperanza López Parada (UCM)
Antonio Lorente (UNED)
Miguel Luque Talaván (UCM)
Raúl Marrero (University of Minnesota)
Carmen de Mora (US)
Rocío Oviedo (UCM)
Miguel Anxo Pena (USAL)
Evangelina Soltero (UCM)

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